06:25 PM - 8 / Febrero / 2010
El tema del “hombre nuevo”, es viejo y siempre actual.
Inevitablemente actual, como consecuencia de la condición del ser humano, que es no sólo material sino también espiritual y abierto de por sí a lo trascendente, al absoluto. El hombre, inmerso en el tiempo, tiene deseos que lo superan. Su ser-en-el-mundo y ser-para-la-muerte no se satisface con la pura mundanidad, ni se resigna ante el sepulcro. Por ello, en el fondo de autodefiniciones en línea atea o materialista, late la oculta búsqueda de una realidad “nueva”, que supone el salto sobre todo límite humano.
Ahora bien, el “hombre nuevo”, profundo e irrefrenable anhelo, ha de apoyarse en una antropología integral, dada la complejidad del microcosmos corpóreo-espiritual humano, que existe como conciencia y libertad, y es entitativamente bipolar -lo subraya Mounier- en cuanto interioridad y comunicación, subjetividad y alteridad.
No extraña, por tanto, que en el pensamiento moderno vuelva una y otra vez el referido tema, aun bajo formas peculiares como la de Nietzsche, cuyo “superhombre” no resulta ser tanto, si se lo considera en la perspectiva ética más definitiva y definitoria del amor.
El marxismo pone la cuestión sobre el tapete al proponer –con patente carga “mesiánica”, escatológica- las nuevas relaciones de producción en la sociedad sin clases, como generadoras del “hombre nuevo” y de la suprema felicidad histórica. Meta que no toma en cuenta el “pequeño detalle” de la finitud y de la muerte de los agentes, beneficiarios y pacientes de la sociedad socialista-comunista.
Hay otras corrientes filosóficas e ideológicas, o de simples modos de pensar y de vivir, que no tocan el argumento, pues se encierran en proyectos de miope tecnocratismo, de voraz consumismo, o de un hedonismo sin mayores horizontes.
El tema es viejo. San Pablo lo estima central, porque ligado íntimamente a la obra liberadora y unificante de Cristo, quien es el “hombre nuevo” por excelencia, en contraposición a Adán, introductor del pecado y de la muerte en el mundo (Rm 5, 1). Dios-Amor creó personas para la comunión humano-divina e interhumana. El pecado significa la ruptura del plan, de la cual Cristo ha venido a liberar a la humanidad, llamándola y capacitándola para hacer del “hombre viejo”, un “hombre nuevo”, real ya en el tiempo pero cuya perfección se tendrá al final de éste. El cambio vital al “hombre nuevo”, que implica conversión en el ejercicio de la libertad humana, constituye principalmente, según el Evangelio, un don divino. No es, por consiguiente, en modo alguno, reflejo o efecto de una reformulación en los modos de producción o de cualesquiera cambios escénicos. Al ser humano no se lo arregla simplemente desde afuera y, menos, desde las puras cosas.
El tema del “hombre nuevo” está ligado necesariamente al de “nueva sociedad”, por la relacionalidad de la persona humana, ser-para-el otro. Dicha sociedad es obra y habitat del “hombre nuevo” y, por tanto, exige la integralidad antropológica de sus miembros.
¿Qué características identifican al “hombre nuevo” según el mensaje cristiano? Las cartas de Pablo a los Efesios (4, 17-32 y 5, 1-20) y a los Colosenses (3, 5-5) son iluminadoras al respecto. Plantean orientaciones conductuales, que tienen que ver con lo íntimo y lo relacional, con lo privado y lo político, con lo terreno y lo celestial. El cristiano es ciudadano de dos mundos. Del perceptible y del definitivo.